José Villa: Una aventura de la transfiguración

por Miguel Barnet

¿Quién es el autor de esta imponente muestra? Pues el autor es una persona casi hermética, pero de profunda elocuencia interior. Formado en Europa, principalmente en la Checoslovaquia socialista, y nacido en la hospitalaria y cimbreante ciudad de Santiago de Cuba, José Villa Soberón posee cualidades muy singulares para la escultura, una de ellas, creo que la principal, es que observa todo lo que le rodea con pupila aguzada y analítica. Lo otro, que es dueño de una sensibilidad creadora de absoluta autenticidad. Seguro, inconfundible, su universo se traslada de la figuración subjetiva al abstraccionismo concreto. Todo en función de un quehacer que alienta aventuras de transfiguración pletóricas de elementos inconfundibles y personales, evocadores de clásicos signos como la espiral y las grecas. No es difícil interpretar el suntuoso mundo de metáforas del artista, ni su discurso intelectual. Villa siempre da una respuesta al misterio de la vida. Explora esa cavidad porosa de la especie humana donde residen los duendes del espíritu en un arcano inasible. Es una indagación a la esencia del hombre y sus ancestrales tribulaciones. Códigos clásicos de los cuales el artista se apropia para entregarnos un repertorio de símbolos que hablan por sí mismos; liberación de energía subterránea que se materializa en el acero patinado y en las formas viriles del movimiento. Pocos son los escultores cubanos que alcanzan expresar esa dimensión del ser sin manierismo ni artificialidad. Solo un artista como él puede otorgarles esa levedad a los más sólidos y consistentes materiales que emplea. Las piezas de Villa no caben en un museo; las piezas de Villa se abren al mundo como un cráter, dialogan con Teseo y Goliat, sobrepasan el meridiano de Greenwich, son wagnerianas, seducen y perturban la mente del espectador, no son de este mundo terrenal y prosaico.

Estoy hablando, aclaro, de Mutantia, su más reciente exposición. No, no caben en el Museo,[2] por mucho que él lo desee, se salen de su propia armadura, no caben tampoco en clasificaciones académicas ni esteticistas. ¿Cómo explicar lo descomunal, el empaque de ellas, esa elegancia viril y tierna a la vez que el artista logra con los más severos materiales, los recursos más puros…? ¿Cómo definir esa apropiación de la naturaleza a través de la historia del hombre en espirales mutantes y grecas sugerentes y clasicistas? ¿Qué intranquilidad, qué desasosiego transmiten esas formas carentes de manierismos, pero sensuales en su innegable fuerza erótica y su discurso civil? Lacónica quizás, evocadora de corrientes antropológicas, sin artificios, como su autor, Mutantia muestra una lírica visitación a las raíces. Múltiples anillos de múltiples vidas; descenso a las cavernas, ascenso al cenit.

Ahora voy a contradecir a los sesudos críticos. Las obras que José Villa Soberón llevó a las salas del Museo de Bellas Artes nada o muy poco tienen de abstractas. La abstracción vista como asunción de lo concreto no es más que una coartada. Las piezas de este escultor son formas del espíritu, clamores primigenios, estertores del planeta, directas señales de la urdimbre histórica transidas de erotismo y majestuosidad. Nupcias del metal inviolable y el fuego prometeico, signos del tiempo cuando el paisaje reclama la dureza.

La obra presuntamente abstracta de Villa delata la explosión interior del artista, el filo doloroso de su cincel, su callado coraje. Las preguntas antiguas, los miedos ancestrales, la certidumbre de una conducta ética y el montaje conceptual de una construcción cultural contemporánea, hacen de Mutantia una lección que, aunque compacta en su estructura, nada tiene de académica.

Vengan todos a ver cómo se hace una pirámide. Vengan todos a conversar con la materia, y también con Madre Teresa de Calcuta, muda en su recogimiento, con El Caballero de París y sus papelitos fútiles, con Antonio Gades y John Lennon; ellos sí son abstracciones del artista sobre un tema, variaciones de una espiral humana, apropiaciones del humo; lo otro, lo que está en el Museo de Bellas Artes, es un golpe en medio del pecho con una masa de concreto. Un llamado a la perfección y al gusto, a la sobriedad y a la más hierática compostura.

Diciembre de 2009

[1] Texto publicado en revista Arte por Excelencias, no. 6, año II, La Habana, noviembre de 2010, pp. 47-51. (N. del E.)

[2] El autor se refiere, en este caso, al Museo Nacional de Bellas Artes. (N. del E.)

José Villa: Una aventura de la transfiguración

por Miguel Barnet ¿Quién es el autor de esta imponente muestra? Pues el autor es una persona casi hermética, pero de profunda elocuencia interior. Formado en Europa, principalmente en la Checoslovaquia socialista, y nacido en la hospitalaria y cimbreante ciudad de Santiago de Cuba, José Villa Soberón posee cualidades muy singulares para la escultura, una de ellas, creo que la principal, es que observa todo lo que le rodea con pupila aguzada y analítica. Lo otro, que es dueño de una sensibilidad creadora de absoluta autenticidad. Seguro, inconfundible, su universo se traslada de la figuración subjetiva al abstraccionismo concreto. Todo en función de un quehacer que alienta aventuras de transfiguración pletóricas de elementos inconfundibles y personales, evocadores de clásicos signos como la espiral y las grecas. No es difícil interpretar el suntuoso mundo de metáforas del artista, ni su discurso intelectual. Villa siempre da una respuesta al misterio de la vida. Explora esa cavidad porosa de la especie humana donde residen los duendes del espíritu en un arcano inasible. Es una indagación a la esencia del hombre y sus ancestrales tribulaciones. Códigos clásicos de los cuales el artista se apropia para entregarnos un repertorio de símbolos que hablan por sí mismos; liberación de energía subterránea que se materializa en el acero patinado y en las formas viriles del movimiento. Pocos son los escultores cubanos que alcanzan expresar esa dimensión del ser sin manierismo ni artificialidad. Solo un artista como él puede otorgarles esa levedad a los más sólidos y consistentes materiales que emplea. Las piezas de Villa no caben en un museo; las piezas de Villa se abren al mundo como un cráter, dialogan con Teseo y Goliat, sobrepasan el meridiano de Greenwich, son wagnerianas, seducen y perturban la mente del espectador, no son de este mundo terrenal y prosaico. Estoy hablando, aclaro, de Mutantia, su más reciente exposición. No, no caben en el Museo,[2] por mucho que él lo desee, se salen de su propia armadura, no caben tampoco en clasificaciones académicas ni esteticistas. ¿Cómo explicar lo descomunal, el empaque de ellas, esa elegancia viril y tierna a la vez que el artista logra con los más severos materiales, los recursos más puros…? ¿Cómo definir esa apropiación de la naturaleza a través de la historia del hombre en espirales mutantes y grecas sugerentes y clasicistas? ¿Qué intranquilidad, qué desasosiego transmiten esas formas carentes de manierismos, pero sensuales en su innegable fuerza erótica y su discurso civil? Lacónica quizás, evocadora de corrientes antropológicas, sin artificios, como su autor, Mutantia muestra una lírica visitación a las raíces. Múltiples anillos de múltiples vidas; descenso a las cavernas, ascenso al cenit. Ahora voy a contradecir a los sesudos críticos. Las obras que José Villa Soberón llevó a las salas del Museo de Bellas Artes nada o muy poco tienen de abstractas. La abstracción vista como asunción de lo concreto no es más que una coartada. Las piezas de este escultor son formas del espíritu, clamores primigenios, estertores del planeta, directas señales de la urdimbre histórica transidas de erotismo y majestuosidad. Nupcias del metal inviolable y el fuego prometeico, signos del tiempo cuando el paisaje reclama la dureza. La obra presuntamente abstracta de Villa delata la explosión interior del artista, el filo doloroso de su cincel, su callado coraje. Las preguntas antiguas, los miedos ancestrales, la certidumbre de una conducta ética y el montaje conceptual de una construcción cultural contemporánea, hacen de Mutantia una lección que, aunque compacta en su estructura, nada tiene de académica. Vengan todos a ver cómo se hace una pirámide. Vengan todos a conversar con la materia, y también con Madre Teresa de Calcuta, muda en su recogimiento, con El Caballero de París y sus papelitos fútiles, con Antonio Gades y John Lennon; ellos sí son abstracciones del artista sobre un tema, variaciones de una espiral humana, apropiaciones del humo; lo otro, lo que está en el Museo de Bellas Artes, es un golpe en medio del pecho con una masa de concreto. Un llamado a la perfección y al gusto, a la sobriedad y a la más hierática compostura. Diciembre de 2009 [1] Texto publicado en revista Arte por Excelencias, no. 6, año II, La Habana, noviembre de 2010, pp. 47-51. (N. del E.) [2] El autor se refiere, en este caso, al Museo Nacional de Bellas Artes. (N. del E.)
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